El efecto Pigmalión: La ley de las expectativas

¿Te han dicho alguna vez la frase de “no lo conseguirás”?  Si elegiste creerle probablemente esta persona acertó. En esto consiste el efecto Pigmalión o profecía autocumplida. Si esperas que algo te suceda, te va a suceder. La ley de las expectativas establece que todo lo que con certeza esperes que te pasará se convertirá en tu propia profecía de autocumplimiento. ¿Cómo es esto? Porque el hecho de apegarnos firmemente a esa creencia hará que actúes de manera que haga tu profecía cierta, seguidamente pronunciarás aquello de “¡sabía que esto iba a pasar!”

Veamos algunos ejemplos cotidianos:

Si pienso que soy un “rarito” y que no le voy a gustar a nadie, lo más probable es que me relacione con los demás con inseguridad y nerviosismo, esta inseguridad hará que meta la pata o que parezca antipático y por lo tanto no le gustaré a nadie ¡Profecía cumplida!

Si tengo un problema de adicción y pienso que no voy a tener la suficiente voluntad para esquivar según qué situaciones, acabaré cayendo, puesto que en cierto modo ya lo había planeado y asumido, formaba parte del plan.

Si a un niño le dices que no es capaz de realizar una determinada tarea, y al primer intento lo apartas y se lo solucionas tú mismo, ese niño hará tú creencia suya, se sentirá incapaz y por lo tanto no se esforzará por miedo al fracaso (que para él ya está asegurado), la cual cosa vuelve a confirmar la profecía.

Y así podríamos seguir con un enorme listado de ejemplos…

Estudios sobre el efecto Pigmalión

En el año 1968, el psicólogo de la Universidad de Hardvard (EEUU) Robert Rosenthal, llevó a cabo un experimento que se ha convertido en un clásico. En primer lugar, aplicó una prueba de capacidad intelectual a un grupo de estudiantes. Después, los dividió al azar en dos grupos, de forma que no había diferencia real entre ambos en cuanto a inteligencia. A los profesores se les dijo que los estudiantes del primer grupo habían logrado resultados normales en el test, mientras que los del segundo grupo estaban por encima de la media y por lo tanto de ellos se podía esperar grandes progresos.

Al terminar el curso, Rosenthal volvió a aplicar la prueba a todos los alumnos. El resultado fue que los alumnos del segundo grupo habían mejorado comparativamente mucho más que los del primer grupo, logrando un rendimiento superior.

La única diferencia entre ambos grupos eran las expectativas que los profesores se habían creado respecto a cada uno de ellos. Esas expectativas se convirtieron inconscientemente en comportamientos concretos (los profesores sonreían con más frecuencia, miraban más tiempo a los ojos, daban más ánimos y retroalimentación y elogiaban más a los alumnos que creían más dotados), que de hecho facilitaron un mayor éxito de los alumnos, confirmando así lo que se había predicho que sucedería.

Este experimento nos da qué pensar… ¿Cuántas veces habremos influido en las creencias de los demás? ¿Cuántas veces habremos dejado algo de lado por culpa de las bajas expectativas? ¿Cuántas veces habremos sido víctimas y verdugos de la profecía autocumplida? ¿Somos consciente de ello?

¡Sácale partido al efecto Pigmalión!

Pero la ventaja que tiene la profecía autocumplida es que también la podemos utilizar a nuestro favor. Si tenemos en cuenta lo explicado hasta ahora, es fácil deducir que si creo firmemente que puedo hacer realidad mi sueño, haré todo lo que está en mi mano, persistiendo a pesar de los fallos. Y si no lo logro, sabré que no será exclusivamente a causa de mi ineficacia. Como dijo Henry Ford: Si crees que puedes, o si crees que no puedes, en ambos casos estás en lo cierto.

 

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